miércoles, 20 de junio de 2012

De Oriente Medio, la Primavera Árabe y la Economía


Con la caída de los dictadores el año pasado, muchos dijeron que comenzaba una era de paz y prosperidad en Libia, Egipto y Túnez. Pero ni mucho menos es tan fácil como eso.

Existe la idea flotante de que desde que las dictaduras en Libia, Egipto, Yemen y Túnez fueron derrocadas, estos países iban a experimentar un aumento  en las entradas de inversiones internacionales. Por tanto, seguía el razonamiento, caería el desempleo y los mercados de capitales se dispararían.

La teoría decía que en el corto plazo el país podría ser un caos, pero que en el largo plazo, la democracia supondría una economía más abierta  y más grande.

Al menos eso es lo que se piensa comúnmente.

Esto es peligrosamente falso. Siendo francos, la democracia no siempre se traslada en crecimiento económico y especialmente en los países MENA (acrónimo de Middle East and North of Africa), esta aseveración es aún más equivocada.

La mayoría de la gente tiende a pensar que si todo el dinero robado por los Gadafi, y presuntamente por el líder Zine El Abdine Ben Ali en Tunez y en Egipto por Hosni Mubarak, fuese devuelto, entonces todos los problemas económicos se solventarían. Mientras que la lucha contra la corrupción es parte muy importante de las medidas centradas en estimular el crecimiento, claramente esta no es la única.

Estos países se encuentran actualmente con un reto de grandes proporciones, deben de reforzar mucho un sistema institucional, recién creado y muy frágil, se debe de instaurar un sistema de respeto de la ley, educación, trabajo ético y ambiciosos programas de infraestructuras que permitan al país mejorar su productividad, y no solo centrarse en que los déspotas que los han gobernado durante la última época devuelvan el dinero robado.

La propiedad privada tiene que ser también claramente reforzada. Desde que el líder egipcio Hussein  promoviera una mezcla de nacionalismo y socialismo en los años 60, las economías árabes han sido dominadas por el gobierno, llegando a un punto que el sector privado es pequeño y débil.


En el nivel micro, existe una sensación de que el gobierno debe a todo el mundo una vida y el sueño de la mayoría de la población es un trabajo en un organismo gubernamental. Existe la sensación de que no se es nadie si no se consigue un trabajo dependiente del gobierno y se ve el autoempleo como el último recurso de los desesperados. A no ser que cambie la actitud, que supondrá un trabajo titánico, la burocracia incompetente y corrupta seguirá lastrando la economía, reforzando el círculo vicioso que supuso los levantamientos de la primavera pasada.

Mientras que el sector público genera altos salarios para los nacionales, el sector privado confía mayoritariamente en trabajadores expatriados, que son más propensos a ser parte de un mercado competitivo.

Este sistema  descansa en subsidios ( de hecho la zona MENA recibe la ayuda extranjera per capita más alta del mundo, sobrepasando incluso a los países del África Subsahariana), controles económicos  y otra serie de prácticas restrictivas de la competencia. De esta manera, el sistema centralizado y burocrático ha funcionado bien para las elites gobernantes y la aristocracia clientelar y bien conectada, sin embargo, ha fallado para conseguir, prosperidad, redistribución de la riqueza y justicia social para ciudadanos ordinarios.

Esta mentalidad no permite a los ciudadanos ni al estado a desarrollar grandes apuestas en el desarrollo de sector privado.

Si bien es verdad que han existido grandes avances en educación, de hecho 5 de los 10 países que más han avanzado en el IDH (Índice de Desarrollo Humano) son árabes. El principal problema subyacente es que hay pocos trabajos para toda esa gente formada. Oriente Medio tiene uno de los ratios más alto de desempleo juvenil.

El crecimiento de la política religiosa islámica es otra razón para preocuparse. Es peligroso y equivocado unir religión con crecimiento económico, pero los partidos laicos tienen escasa influencia en los países de la primavera Árabe. Si la Hermandad Musulmana consigue el poder en Egipto, como se pedía antes de ayer, esto podría suponer una agresiva política exterior anti-americana, algo que sería muy bien visto por la jerarquía religiosa, por la capacidad para soliviantar a las masas contra el enemigo americano, consiguiendo adhesiones inquebrantables, sin embargo la política antiamericana no parece la mejor de las políticas con ejemplos como el de Venezuela o Irán.

Una política antiamericana, suele suponer una reducción de la inversión exterior  como mínimo, pudiendo llegar  al riesgo de la introducción de sanciones.

La estructura tribal de varios de los países que protagonizaron la Primavera Árabe es otro factor de inestabilidad. Los regímenes anteriores hicieron olvidar la rivalidad tribal a través de su opresiva red de seguridad interna y normalmente hostigando una tribu y favoreciendo a otras. Aún a riesgo de ser muy atrevido, tenemos una lección parecida de lo que puede aparecer en la época post Tito en Yugoslavia. Hace 17 años que el acuerdo de Daytona terminó con las hostilidades en los Balcanes, pero Zagreb y Sarajevo siguen estando cerca del final en la mayoría de países para la inversión extranjera.

Hay  pocos ejemplos de transiciones democráticas exitosas en la zona. Líbano puede ser vista como la única democracia en la región, más de dos décadas después del final de su guerra civil, Líbano sigue siendo teniendo una infinidad de problemas, económicos, políticos y militares.

Una vez que se han conseguido los cambios ansiados, el desencanto se puede instalar si los jóvenes siguen sin trabajos  y la corrupción se revela endémica. Esto será difícil de conseguir en el caso del trabajo juvenil, como señalaba Tarek Yousef mucho antes de que comenzaran las revueltas en los países árabes, en su libro, “The Generation in waiting”, en el libro se señalaba los desafíos de  integración económica y social para una de la cohortes jóvenes más grandes en la historia de los países.

El riesgo actual es que si el desencanto se instala pueda hacerse costumbre el levantamiento para reemplazar los actuales gestores por otros y así sucesivamente, y con ese problema no sería sorprendente si varios residentes sintieran una especie de nostalgia por los días de la dictadura.

Los inversores pueden mostrarse reacios a invertir en un país cuyas políticas  pueden cambiar muy fácilmente. 









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